El Centro para la Bioética y la Dignidad Humana


 

COMENTARIO

Fecha de publicación: 11 de noviembre de 2005
Fecha de la traducción: noviembre de 2007

Aún en el mundo: Una visión provida de la muerte y el proceso de morir

por Joe Carter
Traducción: Alejandro Field
 

Estaba en Okinawa cuando recibí la llamada. "No esperamos que Mamá viva mucho más", dijo mi hermano menor. "Tal vez sea mejor que vengas a casa". Acababa de llegar a la isla unos días atrás y tuve que volar de nuevo a la isla principal de Japón. Mientras esperaba otros tres días para el próximo avión para volver a Estados Unidos, comencé a preguntarme si llegaría a tiempo.

Dos años antes, cuando le diagnosticaron cáncer de mama, mi hermano le construyó a mamá una habitación en su casa para que pudiera vivir con él y su familia. El tiempo había sido difícil, pero los últimos meses habían sido especialmente duros para ellos. Mientras volvía a casa, quedó en claro que esperaban que el hijo pródigo asumiera su parte de la carga.

El cáncer había dejado sus marcas. Me estremeció ver a mi madre tan delgada, calva y débil. Me sentaba en su cama a la noche y le preparaba su medicación, untando la válvula de drenaje en su pecho con alcohol. Parecía absurdo preocuparse por una infección cuando los tumores la estaban destruyendo por dentro. Pero no dije nada y realicé la tarea como si hiciera una diferencia. Ella entraba y salía del sueño repetidamente mientras yo manejaba torpemente la jeringa.

Cargaba la aguja con morfina y sentía un extraño impulso, similar al deseo de saltar que lo sobrecoge a uno cuando está parado al borde de un puente. Todo lo que requeriría sería una dosis adicional, pensé. Mi familia se despertaría por la mañana con una sensación de alivio culpable y dolor contenido. Nadie sabría. No habría preguntas. No habría autopsia. La espera, el dolor y el morir habrían pasado.

Pero, cuanto más me quedaba sentado mirándola respirar trabajosamente, más me daba cuenta de lo precioso de la vida, aun en medio de tanto sufrimiento. Medía cuidadosamente la cantidad correcta, a veces apenas un poco menos, para estar seguro. Permanecí tres semanas, dándole las inyecciones, intentando que estuviera cómoda. Pasamos el día de Acción de Gracias y vimos que era obvio que no había terminado de vivir. Yo tenía que volver a Japón. Mamá aguantó varias semanas más antes de fallecer pacíficamente mientras dormía.

Hasta que el cáncer le impidió trabajar, mi mamá había sido una enfermera especialista en cuidados paliativos. Había estado con cientos de otras personas al final de sus vidas y sabía qué esperar. Yo, por otro lado, no tenía ninguna experiencia. Si bien nunca había tenido miedo de la muerte, siempre la había mirado con una mezcla de desapego y curiosidad. La consideraba un proceso inevitable y desafortunado, pero natural.

Estaba equivocado. La muerte no es natural. La vida, que hemos recibido de un Creador abundantemente generoso, es natural. La muerte es el enemigo que nos separa de nosotros mismos, de nuestros seres queridos y, lo más importante, de Dios. Es una maldición tan grande que requirió que el Hijo de Dios mismo la quitara para que pudiéramos volver a vivir.

No hay ninguna dignidad en el morir. La palabra dignidad viene de la palabra latina para "valor". No hay ningún valor en el morir; el valor está en el vivir. La dignidad está en cómo vivimos al aproximarnos al final de nuestras vidas. No importa en qué condición física una persona pueda estar al final de su vida, sigue estando viva. Aún tiene la dignidad de haber sido creada a la imagen de Dios.

Sin embargo, ser provida no significa evitar la muerte a toda costa. Cuando el proceso de morir se vuelve irreversible o inminente, debemos hacer la transición del cuidado curativo al cuidado paliativo. Si bien esto podría requerir quitar medios artificiales de apoyo de la vida o, cuando falla el sistema digestivo, hidratación y nutrición artificiales, no debemos tomar medidas para apresurar la finalización de la vida. Mi propia experiencia con mi madre falleciente me enseñó a apreciar que la vida es valiosa aun cuando está cerca de su fin. Como nos recuerda el filósofo católico Josef Pieper, amar a una persona es una forma de decir "es bueno que existas; ¡es bueno que estés en el mundo!". Ser provida requiere que recordemos a quienes están aproximándose al final que es bueno que existan, que aún estén en el mundo. Y que estamos con ellas hasta el final.CBHD

Este artículo apareció originalmente como una publicación en el blog de Joe, The Evangelical Outpost


Referencias

1Concise English Dictionary, Wordsworth Editions Ltd, 1994.

2Wikipedia, Nikolai Vavilov, http://en.wikipedia.org/wiki/Vavilov

3Genetic and Human Behaviour : the ethical context, documento de consulta pública, Nuffield Council on Bioethics, julio de 2001.

4Select Committee on Science and Technology, House of Lords, Science and Society, Third Report, 23 February 2000, Public attitudes and values (Chapter 2), 4 ; http://www.publications.parliament.uk/pa/ld199900/ldselect/ldsctech/38/3802.htm

5Mark Rothstein, Behavioural Genetic Determinism, Its Effects on Culture and Law in Behaviour Genetic, The Clash of Culture and Biology, edited by R. Carson and M. Rothstein. 1999. Baltimore: The Johns Hopkins University Press.

6Mark Rothstein, Behavioural Genetic Determinism, Its Effects on Culture and Law in Behaviour Genetic, The Clash of Culture and Biology, edited by R. Carson and M. Rothstein. 1999. Baltimore: The Johns Hopkins University Press, p.96.

 

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