Estaba en Okinawa cuando recibí la llamada. "No esperamos que Mamá
viva mucho más", dijo mi hermano menor. "Tal vez sea mejor que
vengas a casa". Acababa de llegar a la isla unos días atrás y tuve
que volar de nuevo a la isla principal de Japón. Mientras esperaba
otros tres días para el próximo avión para volver a Estados Unidos,
comencé a preguntarme si llegaría a tiempo.
Dos años antes, cuando
le diagnosticaron cáncer de mama, mi hermano le construyó a mamá una
habitación en su casa para que pudiera vivir con él y su familia. El
tiempo había sido difícil, pero los últimos meses habían sido
especialmente duros para ellos. Mientras volvía a casa, quedó en
claro que esperaban que el hijo pródigo asumiera su parte de la
carga.
El cáncer había dejado sus marcas. Me estremeció ver a mi madre
tan delgada, calva y débil. Me sentaba en su cama a la noche y le
preparaba su medicación, untando la válvula de drenaje en su pecho
con alcohol. Parecía absurdo preocuparse por una infección cuando
los tumores la estaban destruyendo por dentro. Pero no dije nada y
realicé la tarea como si hiciera una diferencia. Ella entraba y
salía del sueño repetidamente mientras yo manejaba torpemente la
jeringa.
Cargaba la aguja con morfina y sentía un extraño impulso, similar
al deseo de saltar que lo sobrecoge a uno cuando está parado al
borde de un puente. Todo lo que requeriría sería una dosis adicional,
pensé. Mi familia se despertaría por la mañana con una sensación de
alivio culpable y dolor contenido. Nadie sabría. No habría preguntas.
No habría autopsia. La espera, el dolor y el morir habrían pasado.
Pero, cuanto más me quedaba sentado mirándola respirar
trabajosamente, más me daba cuenta de lo precioso de la vida, aun en
medio de tanto sufrimiento. Medía cuidadosamente la cantidad
correcta, a veces apenas un poco menos, para estar seguro. Permanecí
tres semanas, dándole las inyecciones, intentando que estuviera
cómoda. Pasamos el día de Acción de Gracias y vimos que era obvio
que no había terminado de vivir. Yo tenía que volver a Japón. Mamá
aguantó varias semanas más antes de fallecer pacíficamente mientras
dormía.
Hasta que el cáncer le impidió trabajar, mi mamá había sido una
enfermera especialista en cuidados paliativos. Había estado con
cientos de otras personas al final de sus vidas y sabía qué esperar.
Yo, por otro lado, no tenía ninguna experiencia. Si bien nunca había
tenido miedo de la muerte, siempre la había mirado con una mezcla de
desapego y curiosidad. La consideraba un proceso inevitable y
desafortunado, pero natural.
Estaba equivocado. La muerte no es natural. La vida, que hemos
recibido de un Creador abundantemente generoso, es natural. La
muerte es el enemigo que nos separa de nosotros mismos, de nuestros
seres queridos y, lo más importante, de Dios. Es una maldición tan
grande que requirió que el Hijo de Dios mismo la quitara para que
pudiéramos volver a vivir.
No hay ninguna dignidad en el morir. La palabra dignidad viene de
la palabra latina para "valor". No hay ningún valor en el morir; el
valor está en el vivir. La dignidad está en cómo vivimos al
aproximarnos al final de nuestras vidas. No importa en qué condición
física una persona pueda estar al final de su vida, sigue estando
viva. Aún tiene la dignidad de haber sido creada a la imagen de
Dios.
Sin embargo, ser provida no significa evitar la muerte a toda
costa. Cuando el proceso de morir se vuelve irreversible o inminente,
debemos hacer la transición del cuidado curativo al cuidado
paliativo. Si bien esto podría requerir quitar medios artificiales
de apoyo de la vida o, cuando falla el sistema digestivo,
hidratación y nutrición artificiales, no debemos tomar medidas para
apresurar la finalización de la vida. Mi propia experiencia con mi
madre falleciente me enseñó a apreciar que la vida es valiosa aun
cuando está cerca de su fin. Como nos recuerda el filósofo católico
Josef Pieper, amar a una persona es una forma de decir "es bueno que
existas; ¡es bueno que estés en el mundo!". Ser provida requiere que
recordemos a quienes están aproximándose al final que es bueno que
existan, que aún estén en el mundo. Y que estamos con ellas hasta el
final.CBHD
Este artículo apareció originalmente como una publicación en el
blog de Joe,